Regresará a casa como siempre, borracho y rezumando alcohol por cada una de sus neuronas. Con un tambaleo donde el equilibrio parece casi imposible, repetirá su rutina... Una vez más, su etílico protocolo, una vez más... Ojos vidriosos acompañando a una respiración lastrada por una saliva que convierte su boca en un lodazal. Dará un portazo y temblarán los cimientos; después, inmediatamente exigirá la cena a gritos. Una vez más, esa rutina que tan bien conozco... Una vez más...
Hace tiempo que no codicia mis abrazos y le basta mi temor, el miedo de la mujer que una vez le amó. Volverá a ver lágrimas en mis mejillas mientras rebusca la excusa habitual para pegarme el primer bofetón.
Hoy debería ser otro día más donde mi soledad es mi único refugio. Hoy sería otra cita para coleccionar en mi cajón de amarguras, el peor infortunio presto a bailar conmigo. Hoy sería una vuelta a casa para repetir la escena donde el cariño escribe su ausencia con la tinta del sufrimiento; pero no, hoy será distinto... Muy distinto.
Tras el retumbe de la puerta cerrada, el eco vociferante del recién llegado no encontrará mi respuesta. Sus demandas y vómitos se diluirán en el silencio. La casa que fue hogar y pasó a ser celda estará todavía más en penumbra. A tumbos entrará en la cocina, aullará reclamando mi presencia y confundido por la oscuridad que le recibe seguramente tropezará con alguna silla, tal vez con la mesa. Las persianas y cortinas serán cómplices de mis sombras. Él necesitará ver, al menos para que su neblina de borracho busque la víctima de siempre. Entre rugidos babeantes alguna de sus manos encontrará el interruptor de la luz y finalmente la electricidad hará su trabajo, las bombillas esperan su cometido, así como el gas. Ese gas que lleva horas brotando del horno que he dejado abierto e inunda toda la estancia.
Sólo es cuestión de que la chispa también haga su trabajo. Espero en el bar de la esquina como mi mazmorra se derrumba. Sin miedo.

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